¿Sabemos cuántos son los muchachos que desearían poder expresarse en un congreso total de juventudes, que no fuese manejado ni por movilizadores estatales ni por sagaces activistas de la política partidaria? ¿Somos capaces de adivinar qué idea tiene la juventud de lo que para nosotros constituye la base de toda sociedad, la familia? ¿Qué actitudes nuestras los confirman en los valores que proclamamos como base de la sociedad? ¿Quién de nosotros arroja la primera piedra para salvarse de la acusación, agazapada en la conciencia juvenil, de que nuestra línea de conducta es ciertamente inquebrantable? No se trata de agitar el cotarro. Se trata de reflexionar con ellos sobre la vida que nos toca vivir. De dar muestras de comprensión. De comprender qué piensan y quieren, ahora que tratamos de construir para ellos un mundo tal vez mejor, quizá más seguro, probablemente más acorde con sus músicas y sus bailes. Hay muchos adultos que se asustan frente a las “estridencias” de la música juvenil. Deberían esmerarse en penetrar en la letra de esas canciones. Luego convendrán en que ritmo y cadencia constituyen un síntoma de renovación. Nos basta con evocar lo que significó para nosotros la época de nuestros “boleros” y su alquitarado escenario. Cuando los oímos hoy, tenemos la certeza de lo perdido y superado. Acercarnos a la música juvenil, es acercarnos a la voz de nuestros hijos.
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